Un año de pandemia: entre Alma Ata y el laberinto del Minotauro

Dircom Daniel Bargallo para El Cronista. El 11 de marzo de 2020 la OMS declaró el estado de pandemia debido a la extensión del brote de Covid19 a más de cien países. Ese mismo organismo, declaraba en 1978 el objetivo fundamental de la Conferencia de Alma Ata (Kazajistán, ex URSS): Salud para todos en el año 2000.

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La equidad como preocupación, la salud como derecho, las indelegables responsabilidades gubernamentales y la adopción de estrategias de atención primaria fueron los diagnósticos y las propuestas alcanzadas en aquel evento. Lamentablemente, tras cuatro décadas, las prioridades siguen siendo las mismas y las posibles soluciones han sido derribadas una por una. La inequidad entre países y dentro de ellos, la desigualdad en el acceso, la politización sanitaria y la fragmentación de los sistemas de salud son algunas de las causas de dicho fracaso que se han vuelto a materializar con las diversas respuestas a la pandemia y con los desiguales accesos a la inmunización.

Ese mismo mes, la Argentina entraba en una larga cuarentena mediante un decreto presidencial y, sin saberlo, también entrábamos en un indescifrable laberinto en el que aún permanecemos. Llevamos un año caminando dentro de este embrollo buscando sin éxito al Minotauro alimentado por miles de sacrificios humanos.


Desde entonces, hemos transitado distintas etapas: el aislamiento, que cumplió el objetivo de evitar el desborde sanitario, y el distanciamiento, que abrió la economía. Luego apareció la vacuna rusa con sus idas y vueltas, el velatorio de Diego, el escándalo de los vacunatorios, las bolsas mortuorias, la pelea ideológica de las clases presenciales, etc.

Lo que al principio parecía ser el inicio de un camino de convivencia y solidaridad terminó en una profundización de la grieta. Mientras el Minotauro sigue cobrándose vidas, la Argentina en el rol del inerme Teseo, no encuentra el camino que lo lleve hasta él, y para mal de males, se rompió el hilo que Ariadna le había atado al pie. Así, no tenemos asegurada la victoria, ni mucho menos la salida.

En definitiva, la pandemia desnudó un mundo cubierto de desigualdades, producto de la acumulación de riquezas en pocas naciones, alejando cada vez más los principios de equidad de Alma Ata de las agendas de los organismos internacionales. También puso sobre la superficie lo sencillo que le resulta a la naturaleza defenderse de las acciones de la especie humana.

En nuestro país, hemos ido de mejor a peor, haciendo de cada recurso crítico un motivo nacional de quiebre, sean los respiradores, los barbijos, las camas o las vacunas. Hemos ido asumiendo que un país híper endeudado como el nuestro probablemente se encuentre entre los últimos en recibir cualquier bien escaso.

En el supuesto optimista, que lográramos vencer a este inesperado virus, recuperando el espíritu solidario y aprendiendo las enseñanzas del medio ambiente, quizás las fallas en la comunicación (tan frecuentes en crisis como éstas), podrían hacernos caer en el mismo error mitológico de Egeo, padre del vencedor del Minotauro, que al confundir el color de las banderas de las embarcaciones, se suicidó creyendo muerto a su hijo.




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